Un sábado distinto en Palermo
Si alguien piensa en ir un sábado a los bosques de Palermo, probablemente imagine una tarde tranquila entre árboles, gente corriendo, mates compartidos sobre el pasto o chicos jugando. Pero nada de eso ocurrió el 30 de octubre de 2005. Esa tarde, en el club GEBA, se vivió una jornada de rugby con el dramatismo de una película y la intensidad emocional de una final, aunque no se jugaba por un título: se jugaba por algo más difícil de definir, pero mucho más profundo. Se jugaba por la permanencia.
El torneo en esos años tenía un formato distinto. Más equipos en Primera, una parte inicial del año dividida en zonas y una clasificación: los mejores pasaban a la zona campeonato, conocida luego como el Top 14/12, y los demás debían pelear por la permanencia en una temida reubicación contra los mejores de Segunda. En ese escenario, Los Tilos llegó a la última fecha con la soga al cuello: no alcanzaba con ganar, había que ganar con punto bonus... y esperar.
“El 2005 fue muy especial, de principio a fin”, recuerda Quique Baca, el capitán de aquel equipo. “Nos habíamos preparado muy bien en la pretemporada para intentar competir e ingresar a la zona Campeonato, pero se fueron dando ciertos hechos que fueron cambiando la cosa. En uno de los últimos amistosos a Fede Méndez, que había vuelto después de un año y pico, le rompieron la mandíbula de una piña contra Pueyrredón. Y justo arrancamos el torneo con ellos, de visitante. Jugamos bien, pero perdimos”.
Ese arranque torcido marcó un año de altibajos. El equipo no logró clasificar y quedó relegado a pelear por la permanencia. “Ahí la sufrimos hasta el último minuto; nunca pudimos meter dos o tres triunfos seguidos. Llegamos a la última fecha en GEBA sabiendo que teníamos que ganar con bonus y esperar que Universitario no gane”, cuenta Quique. “El plantel era una mezcla de grandes y chicos. Se estaba dando el recambio final de las camadas 73, 74, 75, 76, 77… muchos veníamos de años en el primer equipo. En lo emocional fue durísimo. Me tocó estar al frente como capitán. Pipo, que ese año entrenaba Lomas, me dijo una frase que me quedó grabada: 'Sos un capitán de tormenta'”.
Y ese sábado fue exactamente eso. Una tormenta emocional.
“Antes de entrar a la cancha en GEBA no me acuerdo puntualmente qué dije en la charla previa. Pero sí que todos sabíamos que teníamos que salir vacíos, dar todo. Hablé con Tumba Osacar, que era el entrenador, y le dije: 'Hoy, pase lo que pase, no me saques. Si descendemos, esa marca me la como yo, no quiero que le quede a Tatoo Lamboglia que venía entrando en los segundos tiempos.' Creo que los más grandes, como Spock, León y el Bocón pudimos absorber la presión de los más chicos”, rememora Baca.
Los Tilos hizo su parte. Ganó con claridad 39 a 19 y consiguió el punto bonus. Pero todavía no era suficiente. En paralelo, Universitario de La Plata jugaba contra Belgrano Athletic. Si Universitario sumaba, se quedaba en Primera y mandaba a Los Tilos al descenso. El partido en GEBA terminó antes. Todo el club, jugadores, entrenadores, hinchas, dirigentes, amigos, se fundieron en una ronda en el medio de la cancha. Todos abrazados. Todos esperando. Con una radio en el centro como única conexión con el destino.
“Fueron cinco minutos... pero parecieron una hora”, dice Quique. “Cuando nos enteramos que Chelo Bosch metió un drop terrible desde atrás de mitad de cancha para que Belgrano ganara, sentimos un alivio tremendo. Fue muy fuerte vivir el partido así, esperando un resultado desde otra cancha”.
Ese drop no solo cambió un partido. Cambió una historia. Los Tilos, que tres temporadas antes había sido semifinalista, había vivido una temporada durísima. Pero en ese abrazo colectivo en el centro de GEBA no hubo reproches. Hubo unión. Una ronda que no fue solo un gesto de nervios o esperanza: fue una declaración de amor al club. Porque es fácil abrazarse cuando se gana, pero hay que tener alma para hacerlo en la incertidumbre, cuando todo puede salir mal.
Uno de los más jóvenes en esa ronda fue Federico Castilla. Había subido ese año a Primera, casi sin aviso. “Yo estaba feliz por estar en Primera, pero también un poco solo. No tenía un grupo de amigos, no conocía mucho. Y el ambiente era raro, se respiraba tensión. Había varias rispideces internas, y no entendía bien lo que estaba pasando”, recuerda. “Después, con el tiempo, entendí todo. Y me dije que, si alguna vez me tocaba liderar un equipo, no iba a repetir ciertas cosas que vi ese año. Aprendí mucho de lo que no quería ser”.
“El día de GEBA lo tengo clarísimo. Estábamos todos en el centro de la cancha, esperando el resultado de Universitario. Yo era joven y no caía del todo en lo que nos jugábamos. Pero esa espera, esa ronda, esa tensión... me marcaron. A veces se aprende más en los momentos difíciles que en los lindos”.
“El 2005 fue duro. Pero tuvimos la ayuda de no sé quién para mantenernos. Y eso nos permitió encarar el 2006 de otra manera, donde sí clasificamos a la zona de arriba”, concluye el capitán.
El rugby tiene esas cosas. Es mucho más que un juego. A veces, es una tarde cualquiera en Palermo que se convierte en leyenda.
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Que lindos abrazos ese dia!!!
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