Los que están siempre

Hay una parte del club que no sale en las fotos. Que no mete tries, ni taclea, ni empuja en un scrum. Pero que está. Siempre está. Son los que llegan antes y se van después. Los que saben qué talle usa cada uno, cuántas botellas hacen falta, quién firmó la planilla y quién se olvidó el short. Son los managers.

Algunos llegaron al club por el rugby, otros por sus hijos. Guille, por ejemplo, llegó allá por 2009, de la mano de su hijo Gianluca, que jugaba al básquet y decidió probar con el rugby. “Era otro club en aquellos tiempos, mucho menos desarrollado, con muchos menos metros construidos, pero tenía algo especial”, cuenta. “Un club de barrio, como el de mi infancia. A pesar de que no éramos una familia de rugby, el club y su gente nos recibieron como si nos conocieran de toda la vida”.

Muchos, como él, primero fueron padres, luego hinchas, y en algún momento se pusieron la camiseta de manager. “Fui papá-hincha de la 98 durante las infantiles y todas las juveniles. Siempre colaboré con la división, pero como manager me sumé en 2018, cuando llegaron a plantel superior. Fue una propuesta que surgió a partir de la relación con Ramiro, el Tano y el Pato —mi jefe—, que eran parte del staff de la M19 del 2016 que tantas alegrías nos dio”.

Otros, como Estu, llegaron de chicos, impulsados por amigos del barrio: “Nahuel Garrido, Felipe y Javier Cazau ya jugaban en el club, y por ellos empecé a ir”. Muchos años después, cuando ya no jugaba más, lo vinieron a buscar para otra cosa: “Me vino a buscar Felipe Cazau a mi casa para ser manager de la M17 de la categoría 93. No entendía nada, no me sabía ni los nombres, ahora hay algunos que no me los puedo olvidar”.

Luis por su parte había jugado en infantiles y volvió en 2016 cuando su hijo quiso empezar a jugar. Manuel empezó como padre en la colonia y enseguida se involucró en escuelita. Marcos simplemente fue dando una mano hasta que un día ya estaba haciendo todo lo que hace un manager.

En todos los casos, hay algo que atrapa. Marcos lo explica simple: “La gente y en especial los jugadores”. Diego también lo vivió así: “Lo que más me atrapó fue la onda de los demás padres y entrenadores. Un ambiente muy familiar que fomenta la amistad a través del deporte”. Y Guille lo resume con una imagen clara: “El cariño y el respeto de cada uno de los chicos del plantel superior. Eso no tiene precio y es lo que me moviliza todos los fines de semana para seguir trabajando en el club”.

En cuanto a las tareas, todos coinciden: es un trabajo en equipo, invisible pero fundamental. “Somos un equipo de amigos los managers del plantel superior”, cuenta Guille. “Por más que no hay nada escrito, cada uno sabe lo que tiene que hacer. Llegamos más temprano que todos el día de partido, preparamos las canastas con fruta y dulces, armamos los bolsos de camisetas, llenamos las heladeras con agua fresca y organizamos los vestuarios. Durante la semana, yo no puedo ir por cuestiones laborales, pero mis compañeros están todos los días organizando todo para que el fin de semana esté todo en orden”.

Estu lo sintetiza: “No hay una tarea en específico. Se carga la ropa, el agua, la fruta, se acomoda el vestuario, se llenan las heladeras, se limpia. Lo que uno no hace, lo hace otro. Es un laburo silencioso”. Luis agrega: “Armar las planillas, recibir a los visitantes, contactar a los referees, preparar camisetas y frutas para los jugadores”. Diego, que también arma vestuarios junto a Pato y Guille, suma: “Estamos a disposición de los chicos para solucionarles lo que necesiten”.

¿Y qué es lo más difícil? Guille lo tiene claro: “El desorden que se genera, sobre todo de visitantes, cuando no tenemos instalaciones para trabajar cómodamente y eso puede dar lugar a que se pierda ropa, que es lo peor que nos puede pasar”. Manuel bromea: “Difícil creo que nada… cuando vas afuera los días se hacen largos y el cuerpo y los años pasan factura”. Para Luis, lo más duro es el cansancio: “Los días de visitante nos vamos a las 7 y volvemos a las 20:30; de local, de 9 a 20 o más”.

Y sin embargo, todos se quedan. Por eso que no se puede medir, pero se siente. Luis lo dice claro: “La relación que entablás con los jugadores”. Guille lo confirma: “Somos familia. Lo que está viviendo el club deportivamente este año no es casualidad, es consecuencia del trabajo de muchos años de un grupo del que orgullosamente formo parte”.

Esa relación muchas veces supera el deporte. Como cuando en un amistoso ante Estudiantes de Olavarría, Luis fue testigo de una tragedia: “Se lesionó un chico, Joaquín Dragui, que quedó en silla de ruedas. Pero se generó una relación tan fuerte con él y su familia que hoy son socios del club, tienen toda la vestimenta de Los Tilos, y cada vez que vienen nos juntamos a comer un asado o algo en el club”.

Estu también tiene una historia que no olvida: “Un jugador se golpeó la cabeza en Luján y lo llevamos al hospital. Como había perdido la memoria, cada un tiempo me preguntaba ‘¿qué hacemos acá?’, ‘¿cuánto salimos?’. Terrible día”. Guille, en cambio, recuerda otra que muestra el ingenio del día a día: “Jugábamos de visitantes y un jugador me dice, ‘Guille, no tenés una plantilla porque se me rompió un botín y el tapón me lastima la planta del pie’. Era imposible de resolver… pero conseguimos un cartón grueso, le dimos forma de plantilla y el jugador pudo salir a la cancha”.

La relación con jugadores y entrenadores, como toda relación humana, se construye con el tiempo. Diego dice: “Con los entrenadores tenemos una relación de muchísimo respeto. Nosotros no nos metemos en sus cosas y ellos respetan nuestro trabajo. Y con los chicos tenemos la mejor. Yo tengo a mi hijo jugando, pero es como tener 200 hijos”. Luis también lo vive así: “La relación con los jugadores es como si fuera de padre a hijo. Hoy por hoy, en plantel superior, tengo 200 hijos”.

Cuando uno les pregunta qué significa Los Tilos hoy, se nota que la respuesta no se puede decir en una palabra. “Es una parte muy importante de mi vida, a pesar de que nunca jugué al rugby”, dice Guille. “Un lugar de encuentro con amigos todos los fines de semana y en el que disfruto con mucha intensidad de cada momento”.

Manuel lo expresa así: “Me siento parte como si hubiese estado toda la vida. Sufro, disfruto, me emociono. Es el club de mi hijo y será de mis nietos”. Marcos agrega: “Es el club donde me conecté con gente fantástica (soy del interior) y es el club que, pase lo que pase, siempre estoy”. Luis lo resume en una escena cotidiana: “No puedo estar sin ir al club. Siempre te encontrás con alguien con quien tomar unos mates o una cervecita. Es como se dice siempre, el club es el segundo hogar”.

Los managers son ese eslabón, muchas veces invisible, que sostiene al club sin pedir nada a cambio. Lo hacen por amor, por costumbre, por compromiso, por gratitud. Y aunque su tarea no siempre se vea, los que estamos en el club sabemos que sin ellos nada sería posible.

Son los que están.
Siempre están.


 

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