El Sapo Ardanaz: siempre en Los Tilos, siempre con los suyos
Hay personas que no necesitan tener un rol para estar. Que no hacen ruido, pero están siempre. Que son parte de un lugar sin que nadie se lo tenga que recordar.
En Los Tilos, Fernando “el Sapo” Ardanaz es uno de esos tipos.
Llegó al club de pibe, cuando recién se armaban las divisiones infantiles. Jugó en todas, subió al Plantel Superior a los 17 porque hacía falta recambio, y desde ahí nunca paró. Capitán durante casi toda la década del '80, fue parte del equipo que logró el ascenso en el '79. Siempre fue más que un buen jugador: fue un líder natural, un tipo que ordenaba, empujaba y contagiaba, adentro y afuera de la cancha.
El que lo vio jugar habla de talento, de garra, de inteligencia. Pero también de honestidad, humildad y compañerismo. De esos que no sobran.
Andrés “Tano” Marensi lo dice simple (en el libro "Los Tilos, 75 años "):
“Nunca tuvo maldad, y siempre fue bien recibido, incluso por los rivales. Porque donde iba, se notaba que se había destacado, pero también que era una gran persona”.
Pero el Sapo no se define por una etapa. Después de jugador, fue entrenador de juveniles y del Plantel Superior. Más tarde, formó parte de la comisión directiva. Y siempre, fue amigo del club.
Nunca necesitó un cargo para estar. Lo ves los sábados a la tarde al costado de la cancha, o un jueves en el quincho chico, comiendo con los de siempre. Tranquilo, riéndose, opinando, escuchando. Como si no se hubiera ido nunca. Porque no se fue nunca.
Quienes lo tuvieron como entrenador lo recuerdan por su forma particular de vivir los entrenamientos y los partidos. Podía estar totalmente concentrado, con la mano en la pera y un Philip Morris en la otra, y al segundo tirar un comentario descontracturado que hacía reír a todo el grupo. Era cercano, relajado, un entrenador que te hacía sentir cómodo. Pero al mismo tiempo, no se iba nadie a la casa si el entrenamiento no terminaba con una buena jugada. Esa mezcla lo hacía distinto.
Jorge “Panadero” Demo, uno de sus amigos más cercanos, lo pinta así:
“El Sapo es un tipazo. Amigo incondicional. Uno de los tipos más graciosos que conocí. Jugó hasta que pudo, entrenó juveniles, Plantel Superior, fue dirigente, aunque nunca le gustó el escritorio.
Tiene amigos en todos lados, y lo quieren todos. Es un ejemplo de persona, humilde, de perfil bajo, y muy laburador.
De grandes, hace poco volvimos a viajar con nuestras esposas. Yo le preguntaba si se acordaba de esto o aquello, y me decía que no, que ahora era ‘el hombre sin memoria’.
Yo no tuve hermanos y él es uno de mis hermanos de la vida. Solidario, con códigos, simple. Es mi amigo, con todo lo que eso significa para un rugbier.”
Su sobrino Gonzalo, el “Sapito”, también lo tuvo como entrenador. Para él, no es el Sapo, es simplemente el tío Fer. En 2009 lo entrenó en M17, y lo recuerda como alguien que les dejó una marca como equipo y como personas:
“Ese año pegamos mucha onda con el staff. Teníamos un plantel muy corto y terminamos clasificando a ganadores, ganándole al CASI de visitante en la última fecha.
Me quedó grabado lo que transmitía el tío adentro y afuera del vestuario. Más allá del buen trato y las jodas, nos inspiraba respeto.
Para mí es un orgullo que mis amigos lo quieran y respeten tanto.”
El Sapo es eso: el tío, el amigo, el compañero, el que entrena, el que escucha, el que no se borra.
Un tipo que está siempre. Que aparece cuando se necesita, y también cuando no hace falta nada más que compartir un rato. Que no se cuelga medallas ni busca reflectores, pero deja huella en todos los que lo rodean.
Un hombre del club y de sus afectos. De los que construyen pertenencia con gestos simples, con tiempo, con lealtad.
Y de los que, pase lo que pase, siguen estando.
Algunos testimonios y referencias fueron extraídos del libro “Los Tilos, 75 años”.
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