Pre B 2017: la semilla de un sueño
El 2017 quedará en la memoria del club no solo por lo que se logró, sino por cómo se logró. En ese año, la Preintermedia B se consagró campeona del torneo de Primera A de la URBA. Puede sonar menor, pero no lo fue. Porque esa Pre B, en ese momento, era el último escalón del plantel superior. Lejos de lo que vemos hoy, con una Pre F consolidada y estructuras más sólidas, en aquel entonces armar la Pre B era casi una odisea. No era un equipo. Era lo que se podía.
Hasta que llegaron Eduardo “Ñoqui” Valiente y Hernán “Pavi” Pavía. Dos entrenadores que no prometieron milagros, pero sí algo muy concreto: que los jueves, el equipo se diera junto a la Primera, la Inter y la Pre A. Ese gesto, simple pero potente, fue el primer paso para construir identidad. Para dejar de ser un rejunte y empezar a ser un equipo. Para que nadie más se sintiera “de descarte”.
“El primer contacto con la Pre B fue particular. Nos encontramos con un equipo muy disperso, que arrastraba una lógica de poca seriedad. Lo primero que hablamos con el Ñoqui fue que íbamos a entrenar con la misma metodología que usaba la Primera. Nos miraron raro, pero fue el punto de partida”, recuerda Pavi.
“El primer partido fue un amistoso en San Martín. Armamos el equipo con lo que había. No sabíamos si íbamos a poder competir bien, pero ver a los pibes cagándose de risa y disfrutando me hizo dar cuenta de que era por ahí. Lo primero era divertirse”, suma Ñoqui.
La base del plantel estaba formada por jugadores que venían sosteniendo la Pre B desde hacía años, con compromiso y amor por el club, pero también contaba con algunos que ya habían pasado por la Primera y que, por razones personales, laborales o familiares, no podían cumplir con la exigencia del plantel superior. Fue una mezcla particular, pero potente: experiencia, pertenencia y ganas de seguir jugando.
Muchos de esos nombres, con el tiempo, volvieron a ponerse la camiseta en Primera y fueron parte del plantel que ascendió en 2019. Porque esa llama seguía encendida. Porque el “Ñoqui” y el “Pavi” hablaban de desempetrolar pingüinos, de sacarles la escarcha, de hacerlos correr otra vez. Y vaya si lo lograron.
“El Ñoqui y el Pavi se lo tomaban muy en serio, lo vivían como si fueran ellos los que iban a jugar. Me quedó grabado el Ñoqui dando la charla post partido, emocionado. Eso contagiaba”, cuenta Lucas “el Rayo” Tetamentti.
Pavi también recuerda que pusieron reglas claras desde el principio: “El que venía, jugaba. Y el que no, esperaba. Cada entrenamiento era en serio, y así fuimos sumando gente. Terminamos teniendo que decirle a varios que no podían entrar ni en el banco. Todos querían jugar, y eso decía mucho”.
El equipo no solo logró consolidarse: fue el más goleador del torneo con 970 puntos. Una verdadera máquina. Cada partido era una fiesta, no solo por el juego sino por lo que se estaba construyendo afuera.
Y si de grupo se trata, hay dos asados que quedaron en la historia: uno más íntimo, y otro que fue multitudinario: nueve parrillas, más de 90 personas del plantel superior, cartas, guitarra, fogón, y un espíritu de pertenencia que se encendió para no apagarse.
“Ese tipo de cosas hacen a un equipo de verdad. No todo es la cancha”, apunta Ñoqui. Pavi coincide: “Se había armado una identidad propia. Todos querían jugar ahí. Incluso cuando alguien era subido a Pre A, lo decían en broma: ‘Perdón Ñoqui, perdón Pavi, me bajaron a Pre A’. Porque sabían que estaban subiendo, pero también que iban a extrañar ese equipo”.
El campeonato tuvo su propia historia. En la tabla, San Albano terminó primero, pero había un detalle reglamentario: Pueyrredón se bajó del torneo tras no presentarse a varios partidos. Y según el reglamento de la URBA, eso implicaba la eliminación del equipo del campeonato. Fue Lucas “el Rayo” Tetamentti quien encontró la llave para cambiar el rumbo:
“Estábamos palo a palo con San Albano. Y cuando vi que a ellos les sumaban los puntos contra Puey y a nosotros no, me pareció injusto. Me puse a leer el reglamento y encontré el famoso Artículo 23, que borra los puntos obtenidos contra equipos que se bajan. Fui a hablarlo con los entrenadores, con la comisión, y por suerte se presentó el reclamo. ¡Y se aceptó!”
“Ya se hablaba del tema unas fechas antes. En la última no jugamos porque el rival no se presentó y nos juntamos a hacer un asado mientras jugaba la Pre A. Me acuerdo que dijimos ‘hay que llevarlo al escritorio’. Fue muy gracioso. Hoy en el gimnasio están los cajones de salto ploteados con la leyenda ‘Pre B Campeona 2017’ y todavía anda dando vueltas la historia de una moto que era premio de un sponsor… ¡y nadie sabe dónde quedó!”, se ríe Ñoqui.
Pavi recuerda dos momentos clave desde lo emocional. Uno en Curupaití: “Era una cancha difícil. El equipo se propuso no errar un solo tackle. Y lo logró. Fue impresionante”. El otro fue en Buenos Aires, un día de lluvia y derrota: “Nos salió todo mal. Pero los chicos dijeron ‘esto no termina acá’. Y desde ahí ganamos todo lo que quedaba”.
Capaz que algunos lo vean como un título menor. Pero fue mucho más. Esa Pre B sembró una semilla en todo el plantel superior. De compromiso, de sentido de pertenencia, de identidad. Dos años después, el club ascendió con todos los equipos saliendo campeones, y con una M22 gritando campeón en el Top 12. ¿Casualidad? No. Trabajo. Proceso. Y un grupo de jugadores y entrenadores que se animó a soñar desde el fondo.
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