Del interior a Los Tilos: cuando el club se convierte en casa


 

La ciudad de La Plata tiene una identidad profundamente ligada a su rol como polo educativo. Miles de jóvenes del interior del país llegan cada año para estudiar, trabajar y empezar una nueva etapa de sus vidas lejos de casa. En ese proceso, encontrar un espacio de pertenencia puede marcar la diferencia. Para muchos de esos jóvenes que además aman el rugby, el Los Tilos se transforma en algo más que una camiseta: se convierte en familia, en refugio, en un hogar adoptivo.

No es casualidad que Los Tilos haya tenido históricamente una gran cantidad de jugadores del interior. Es parte de su esencia. La cultura del club, basada en la camaradería, la calidez humana y el esfuerzo colectivo, facilita que quienes llegan desde lejos se sientan rápidamente parte de algo. No sólo del equipo, sino de una comunidad.

Tincho Leiva, de General Villegas, lo vivió así desde el primer día. Llegó en 2021 por recomendación de su amigo Cosme Carruccio, otro jugador del interior. “La adaptación fue rapidísima, la banda me trató excelente. El club fue mi segunda familia. Ir al club era como estar cerca de mi casa, como los domingos en familia con mi vieja cocinando”, recuerda emocionado. Para Tincho, el club no sólo le dio amigos para toda la vida, sino también contención en los momentos más duros, como la distancia con sus sobrinos y su familia.

Tiago Bassagaisteguy, desde Trelew, también supo desde un primer momento que estaba en el lugar indicado. Llegó en 2018 con la idea de estudiar y seguir jugando en un nivel competitivo. Aunque llegó al club con un amigo su ciudad, la conexión con otros jugadores del interior fue inmediata. “Se armó una banda del interior que iba para todos lados junta, eso fue clave para integrarme”, cuenta. En su relato se refleja el valor de los pequeños gestos: quien te acerca en auto, quien te invita a una juntada, quien te hace sentir parte del grupo. “Tilo fue, es y será mi segunda casa. No imagino qué hubiera sido de mi etapa de estudiante sin el club”, afirma con gratitud.

Cosme Carruccio, oriundo de Azul, destaca que llegar con amigos hizo el proceso más llevadero, pero lo que realmente lo marcó fue la actitud de todos: “Me presentaron a los pibes en el gimnasio y me recibieron súper bien, muy atentos. Deportivamente el club me formó mucho, pero sobre todo me dio contención”.

Cada uno de ellos menciona referentes dentro del club que fueron clave en la adaptación: entrenadores, jugadores mayores, compañeros de camada. En esos nombres propios se sintetiza algo mucho más grande: la voluntad colectiva de acompañar, de tender una mano, de estar atentos a quienes llegan sin conocer a nadie.

Y es que Los Tilos no se limita a dar lugar en una lista de convocados. El club acompaña. Está presente. Sabe que no todo es rugby: hay casas que se extrañan, afectos que están lejos, desafíos nuevos que afrontar. Y en ese contexto, el club aparece como un sostén emocional, afectivo y humano.

Los tres jugadores coinciden en algo que no es casual: si tuvieran que definir al club en una palabra, sería familia. Porque eso es lo que se construye en el día a día, en los entrenamientos, en los terceros tiempos, en las fiestas, en los viajes, en los asados. Porque cuando alguien llega de lejos, Los Tilos no le pregunta de dónde viene: le abre la puerta y le dice que ya es parte.

Y no es solo una cuestión simbólica. Hay una historia real detrás de cada jugador del interior que elige quedarse, que construye su vida en la ciudad, que se forma como persona y como deportista en Los Tilos. “Vení que no te vas a arrepentir”, dice Tincho. “Sea para divertirte o para competir, lo vas a disfrutar”, asegura Tiago. “Es un club con muy buena gente y con un futuro deportivo cada vez más grande”, remata Cosme.

En una ciudad que vive del movimiento de los que llegan, Los Tilos sigue siendo una referencia de contención, integración y crecimiento. Para muchos, es el lugar donde se juega al rugby. Para otros, el lugar donde encontraron su lugar en el mundo.




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